Por Paula Winkler *

 La ruptura, novela de Omar Ramos. Colección Ojo Lector, Moglia ediciones, Corrientes, 2019.

“¿Qué quiere una mujer?”, se interrogaba Sigmund Freud después de haber analizado a varias mujeres. Y “¿de qué goza una mujer?”, amplió la pregunta Jacques Lacan. En esta novela, un divorcio es la excusa para que Santiago, el personaje abandonado por Marina y testigo narrador, ejemplifique la incomprensión de un hombre acerca de una mujer –su mujer–, la mujer y quizá, sus mujeres posteriores. Incluida su analista, que abreva en las fuentes del conductismo y fue por él elegida, acaso porque se trata de alguien que, temiendo a su esposa (se violenta con ella), está sobrepasado por la situación y su inconsciente. Santiago es músico y conoce algo de la partitura de sus dramas, pero esto le es insuficiente habida cuenta de su percepción del amor. Se siente incapaz de colocarse en el lugar de “la otra”, aunque haga esfuerzos para lo contrario. Sufriendo una ausencia de abismo devenida después de su separación, el protagonista elige su diván-psi, en el que terapeuta y paciente intentan una especie de entrenamiento, sin advertir aquello tan caro al amor y al amor-pasión: la falta, que siempre redunda en desear del otro lo que intuimos que no nos puede dar. Es difícil sostener en el tiempo la misma energía en un vínculo amoroso. Es que todos hemos sido arrojados desde nuestra nuda existencia, de un modo casi brutal, a las fauces de un lenguaje pleno en sintagmas y organización semántica, aunque también denotativo de bordes y opacidades. Santiago, sin embargo, trata en sus charlas con la psicóloga de revertir sus obsesiones, aunque no puede dejar de accionar. A través de juegos eróticos explícitos y de citas a ciegas, consigue (cuanto menos temporalmente) no llegar a ninguna parte. Ignora que no se sale del hilo de Ariadna fácilmente, aunque en este caso Ariadna sea Teseo y Teseo, Santiago. En La ruptura no se pone en tapete el amor-cortés, sino más bien se destaca uno de época, en cuyos vínculos solo hay incomunicación, soledad. Demasiada urgencia. ¿Qué quiere Marina, qué Santiago? Hacia los finales del texto el narrador nomina una suerte de esperanza, atento a que encontró finalmente a Cecilia, con quien reiniciará su vida, antes en suspenso… ¿Superación o repetición del síntoma? Los hombres tienen también sus conflictos: la lógica racional no siempre diseña los silogismos de la existencia y de las distintas formas de amar. La ruptura es una nouvelle de excesos (obsesiones, soliloquios, diálogos poco empáticos con mujeres a la carta; sexo y adicciones). Paradojalmente todo aquello denuncia una falta, un vacío sin literalidad en Santiago. Ramos concentra su línea narrativa principalmente en los parlamentos de sus personajes, quizá porque el protagonista necesita zambullirse en la mera superficie de un dolor insoportable, que termina por ahogarlo mediante acciones y excusas pero también, en el desenlace, a redimirlo de sí mismo.

 

*Doctora en Derecho y Ciencias Sociales. Magíster en Ciencias de la Comunicación. Narradora y ensayista.

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